El Hombre de Fiésole por Ibsen Martínez
El Hombre de Fiésole 1.- Una pieza teatral, temprana y poco conocida, de José Ignacio Cabrujas lleva el mismo nombre. En ella Cabrujas transmutó en texto teatral la experiencia de un carcelazo más o menos prolongado; en todo caso, de una forzosa reclusión arbitraria que tuvo para el entonces joven dramaturgo el cariz de una temporada sumamente aburrida. “Fiésole” no tiene argumento discernible: escrita bajo el notorio influjo del llamado “teatro del absurdo” – Beckett, Frisch, Hochwalder–, se ensimisma demoradamente en una única situación : la conversación que sostienen dos detenidos políticos. ¿La época? También es poco discernible, como cuadra a un texto del absurdo. La pieza fue estrenada durante el mandato de Raúl Leoni, pero poca o ninguna circunstancia nacional interviene en la obra. [ Tal vez vez no sobre señalar , llegados aquí, que el de Leoni, de quien se dice con acaso razón que era hombre de talante sosegado, fue, sin embargo, el de más violenta y sostenida violación de los derechos humanos desplegada por el Ejército y los cuerpos de seguridad del estado contra los insurgentes armados de aquel entonces. El récord de desaparaciciones y ejecuciones extrajudiciales con motivación política que dejó el gobierno de Leoni suele ser soslayado por la beatería de sus biógrafos. Pero volvamos a “Fiésole”] Hubo un tiempo en que pensé que “Fiésole” era una proyección en clave latinoamericana de otro diálogo: el que entablan los personajes de “Los Emigrados”, del dramaturgo polaco Slawomir Mrozek, mas luego entendí que esa filiación no era posible pues “Los Emigrados” data de 1974. Los dos detenidos de “Fiésole” – uno militante, el otro un tibio simpatizante, aficionado a la ópera – discurren largamente, sin entenderse ni acordarse demasiado. Característicamente , el tibio simpatizante se muestra cada vez más desasido de la causa que defiende su compañero de reclusión. A partir de un cierto momento, cada quien habla de lo que hará cuando sea puesto en libertad, si es que llegan a ser puestos en libertad. El tibio deja ver que se iría a vivir a Fiésole, donde nunca antes ha estado. Pero eso no le impide conjeturar el paisaje, la vida cotidiana, los afanes de la gente de Fiésole que, desde luego, llevan una vida más halagüeña que la del tibio simpatizante. Si bien no es una pieza plenamente lograda, es la primera en la que Cabrujas deja ver, sin melindres , la consciencia irónica que tiene de sí mismo, de Venezuela , de sus gentes y, como suele hoy decirse, de las “representaciones” del mundo que se han hecho los venezolanos de nuestra era. 2.- Tengo para mí que el hombre que quería vivir en Fiésole logró en su vida una verdadera proeza espiritual: romper con los dogmas de la izquierda, a los que estaba condenado en razón de la época en que alcanzó su madurez creadora, y mudarse sin torceduras al bando, ya no de los contestatarios, sino al de los escépticos. Benévolo con los suyos, pero igual un escéptico. Irónicamente, de un tiempo a esta parte se ha querido ver en Cabrujas una especie de poeta de la tribu, un profeta de la sociedad civil, soslayando el substancial descreimiento de Venezuela y, en general, de Latinoamérica. Fue un descreído que no desesperaba, un chejoviano indevoto de las ruedas de molino con que comulgaban y todavía comulgan sus contemporáneos . Fue también, y en grado sumo, un individualista – del tipo que rehusaba sin estridencia, por ejemplo, firmar manifiestos de simpatía por Fidel Castro en 1989, año de los fusilamientos del general Arnaldo Ochoa y de Tony de la Guardia –que entendía que el mejor partido en que podía militar era el de “la Maizina Americana”. Esto último, no en razón de ningún vibrato costumbrista, sino para escarnecer a los creyentes. Por el tiempo en que Acción Democrática y Copei tendían la cama a Hugo Chávez, Cabrujas insistía, agridulcemente, en la necesidad de crear un partido “liberal escéptico”. Y para hacer potable esa idea en un país de falsos igualitarios exaltados, en un país que rinde patriotero culto al intervencionismo estatal desde mucho antes de Chávez, habría que enmascarar su profesión de fe en un “estado pequeño” y una economía de mercado con la engañifa de un emblema consensual: la Maizina Americana, “gran producto nacional “ de dilatada e indiscutible excelencia, modestamente empacado en una cajita amarilla. 3.- Tal vez la autocomplacencia moral y la buena opinión que de sí mismos tienen los promotores de tan plausible iniciativa les impide ver cuán incongruente con los pareceres del epónimo es eso de agremiar desempleados del “sector cultura” y hacerlos pasar por intelectuales. Tal Fundación viene a ser, a mis ojos, la concreción de una de las más puntiagudas creaciones teatrales de Cabrujas, puesto a escarnecer lo inconducente y lo puerilmente pretencioso que hay en toda “Sociedad Luis Pasteur Para Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias”. “El tema que me importa es el fracaso”, escribió Cabrujas alguna vez, discurriendo sobre la venezolana manía de adscribirse a causas con un manifiesto altisonante y un vagón de firmas: “Un hombre se refugia en una idea, la proclama como parte de sí mismo y se adhiere a ella. Al hacerlo cree pertenecer, cree hacerse cierto. Pero esa idea, jamás lo explica, ni lo hace pertenecer a nada, porque en el fondo no tiene nada que ver con su vida”. Por eso mismo, porque en nada tiene que ver con mi vida, porque soy un “asaltante solitario” y mi comedia es de un solo hombre, quisiera solicitar públicamente a mi amiga Maite Espinasa, quien es a la Fundación Cabrujas lo que Herminia Briceño, viuda de Petit, fue a la Sociedad Luis Pasteur de San Rafael de Ejido, y quien gentilmente solicitó mi firma para el documento fundacional de la llamada Fundación Cabrujas, que acepte mi contrición por acto tan irreflexivo de mi parte y, si no es mucha molestia, retire mi prescindible nombre de la lista de fundadores y de miembros. La verdad, sólo creo en el partido liberal escéptico. Temas Relacionados: |
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