La seducción de una escritura comprometida por Ernesto Schoo
Su legado en el mundo periodístico argentino y venezolano fue muy significativo, así como su aporte a la literatura hispano-americana. Fue un latinoamericano insigne, defensor militante de la libertad y la democracia. Aquí otro artículo de La Nación, escrito por Ernesto Schoo, quien lo conoció muy de cerca.
La seducción de una escritura comprometida
Tras una lucha heroica, la larga y dolorosa enfermedad ha terminado por vencerlo. Tomás Eloy Martínez se ha ido físicamente, pero permanece entre nosotros y en el mundo entero (Santa Evita , su libro más conocido, se tradujo a 36 idiomas), mediante la seducción de su elegante y precisa escritura. Novelas, ensayos y miles de páginas impresas -artículos para diarios y revistas, más de medio siglo de labor periodística- han dado y darán testimonio de su talento, revelado desde muy temprano: a los 17 años fue el redactor más joven que tuvo nunca el prestigioso diario La Gaceta , de San Miguel de Tucumán, la ciudad donde nació, en 1934. “No quiero que ningún libro de los míos se parezca a otro”, declara Martínez en una entrevista publicada en la edición del pasado mes de octubre de la revista española Cuadernos Hispanoamericanos . Pero el lector que haya seguido con atención su carrera literaria podrá discernir las constantes de una prosa y una imaginería muy personales: la búsqueda de una sutil armonía interna, musical, aun en los momentos de mayor tensión dramática, y un aluvión de metáforas, nunca caprichosas, que, a la par de enriquecer la expresión de los personajes y sus circunstancias con una suerte de aureola casi fantástica, rubrican la intensidad del relato. También hay insistencia en la minuciosa exploración de la veta que, sin duda, atrajo mayormente la atención de los lectores, aquí y afuera: el peronismo, sus figuras señeras y lo que el movimiento representa y significa en la vida argentina, de sesenta años a esta parte. En la encrucijada donde confluyen la crónica periodística, el ensayo de interpretación política y la narrativa de raíz mítica, Martínez logra fundir todos esos aspectos del peronismo en una lograda síntesis. Tras aquella temprana etapa en La Gaceta de Tucumán, y habiéndose licenciado en literatura española y latinoamericana en la Universidad Nacional de su provincia, Martínez vino a Buenos Aires y, tras un breve paso por la redacción de Clarín, ingresó en La Nación en 1957. Pronto llegó a ser jefe de la sección Cine, donde el firmante de esta nota lo acompañó durante cuatro años. Con la colaboración de Rolando Rivière (quien sería luego corresponsal del diario en Europa), en ese lapso desarrollamos una tarea crítica y de difusión del mejor cine, que bien pudo considerarse de vanguardia, cuando los films europeos y asiáticos proponían visiones muy distintas de la habitual de Hollywood. Y compartimos la conducción, en el viejo Canal 7, de los programas dedicados a los festivales de cine marplatenses. Al margen del periodismo, en esa época, Martínez cultivaba la poesía. Si la etapa en este diario le permitió fortalecer sus alas y darse a conocer en los medios porteños, sin duda Tomás Eloy (como se lo conocía familiarmente) alzó el vuelo definitivo en la hoy legendaria revista Primera Plana , fundada por Jacobo Timerman a fines de 1962. Allí nos reencontramos y volvimos a trabajar juntos -él, como secretario de redacción- en las áreas de nuestra competencia: artes y espectáculos, libros. Los intereses de Martínez abarcaban también la política, y su lúcida mirada empezó a gravitar también en ese terreno: con Ramiro de Casasbellas al mando, con Julián Delgado en el área de economía, y un cuerpo de redactores en su mayoría escritores, la revista cobró el impulso que la convirtió en la más importante del país. Tomás se alejó temporalmente de Primera Plana , entre 1965 y 1966, tentado por la oferta que le hizo Telenoche , el noticiero del Canal 13 que conducía Mónica Cahen d´Anvers. Su apostura, su inteligencia y la seducción de su discurso lo destacaron en la pantalla chica, pero pasados unos meses volvió a la revista, cuyo destino, bajo el régimen castrense del general Onganía, estaba escrito: a fines de 1969, la dictadura militar cerró Primera Plana y Tomás -que había sido, junto con Francisco Porrúa, factor fundamental en la triunfal recepción, en 1967, de Cien años de soledad , la gran novela de García Márquez- se trasladó a la editorial Abril y publicó su primera novela, Sagrado , donde se advierten las influencias del colombiano y de su muy admirado Julio Cortázar. Entre 1975 y 1983, los complejos procesos de la política argentina lo llevaron de la dirección de la revista Panorama al exilio en Venezuela. Trabajó en El Nacional , de Caracas, entre 1975 y 1977, y en 1979 fundó y dirigió allí El Diario de Caracas. De 1991 al 95 fue responsable del suplemento Primer Plano, de Página/12. Desde 1996 es columnista de La Nación y del New York Times Syndicate , que publica sus notas en 200 diarios del mundo entero. Fue profesor de la Universidad de Maryland, entre 1984 y 1987, y profesor distinguido de la Rutgers University, de Nueva Jersey, y director de su programa de estudios latinoamericanos. Es doctor honoris causa de la Universidad John F. Kennedy, de Buenos Aires, y de la Universidad Nacional de Tucumán, y fue becario Guggenheim, en 1988. “El río Mekong abre sus cinco dedos de agua?”. Quien leyera entonces esta metáfora inicial de las crónicas de la Guerra de Vietnam, escritas por Martínez para Primera Plana advertiría que no estaba en presencia del acostumbrado corresponsal viajero, por buen escritor que fuere, sino de un creador original, íntimamente comprometido con el lenguaje. Tomás Eloy fue ese corresponsal distinto, con sede en París, por cuenta de Abril, entre 1969 y 1970 (lo había sido antes también, para Primera Plana), y narró sus muchos viajes por el mundo en ambas publicaciones. Fue durante esas andanzas cuando conoció a Perón, se ganó la confianza del caudillo y grabó sus conversaciones en cintas que ha preservado celosamente, fragmentos de las cuales aparecen en Santa Evita (1995), en La novela de Perón y Las memorias del General (1996), y en las numerosas notas que escribió sobre su tema predilecto en publicaciones varias. Santa Evita es, con todo, el libro que le otorgó renombre internacional, hasta ubicarlo en el ranking mundial a la par de sus admirados Borges y Cortázar. En 2002, el prestigioso premio Alfaguara de novela recayó en El vuelo de la reina, tras la cual publicó El cantor de tango , en 2004, y Purgatorio, en 2008. Esta última es quizá su mejor contribución a la novela: una trama apasionante, escrita con la felicidad, con el regocijo de quien maneja el idioma como una sustancia infinitamente plástica y expresiva. Abundan también sus libros de ensayos, los que recopilan sus notas y aquellos en los que manifiesta su preocupación -su dolor, su tristeza y también su esperanza- por estos años de prueba que atraviesa la Argentina. En 2009 recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. TRAYECTORIA
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