Julieta Valero y su “Rastro Dance” en el Celarg
El montaje constará de dos obras de la propia autoría de la bailarina, tituladas “Shuffle” y “Fragile”. Julieta Valero, hija de mi amiga periodista Luisa Barroso, fue seleccionada por el diario El Universal en su edición aniversaria por cumplir 99 años, como uno de los “99 venezolanos de peso universal”. Julieta Valero. Menuda CapuletoEl Universal Andrés Correa Guatrasma Julieta Valero Barroso, natural de Caracas, mayor de edad (35), domiciliada en Brooklyn -donde fundó la compañía Rastro Dance-, certifica ante quien quiera oírla que siempre logra lo que se propone, pues conoce sus límites. Y que más o menos a los 13 años decidió escoger la danza como profesión. Aunque en realidad el trazo de esa tiza llevaba ya rato siendo marcado. “Gracias a ellos tres soy bailarina”, lanza el tizazo a sus padres Rómulo y Luisa, y a Cecilia, señora a quien recuerda, dondequiera que esté, “por llevarme religiosamente a mis clases”, esas que comenzó siendo muy pequeña, cuando recién llegadas de Londres las hermanas Urdaneta fundaron Danzahoy en Los Palos Grandes. Allá fue a parar la niña Julieta -bautizada así, románticamente, por un hermano mayor- como una simple actividad extracátedra, en primaria. Mientras que para la mayoría aquello era un pasatiempo muy temporal, Julieta se aferraba. “Siempre supe que eso era para mí, tenía que ver conmigo. Me hacía feliz poder expresarme a través del movimiento”. Riesgo es otra palabra que conoce, al lesionarse la espalda a los 19 años “haciendo una estupidez” mientras ensayaba en Caracas con tanto ahínco que terminó el bachillerato en largas e incómodas cuotas; mudarse a Queens a los 23 con $ 500 en el monedero; o sufrir un ataque de pánico un domingo en el metro a Brooklyn porque no reunía el dinero para saldar la deuda en la escuela de danza Cunningham, pese a trabajar como una bestia y llegar reventaba a casa por las noches. Hasta el corazón le jugó una broma, quién sabe si por estrés o casualidad. Pero, como buena Julieta, sabe que no hay drama sin alegría, y así la ansiedad extrema la llevó a conocer la humanidad de la familia Beer -a la que ha servido como niñera a destajo por años- y de Edgar, el Romeo venezolano que reencontró, y con el que se casó hace 11 años. Músculos, otra constante. Aparte de las secuelas de la lesión en la espalda, tiene los hombros delicados, pero no deja de exigirse, fiel a esta ciudad de “competencia fortísima”. “Los bailarines sobreusamos el cuerpo, tenemos los huesos, los tendones, todo más gastado. No hay manera de preverlo, viene con la profesión”. Por eso entre los muchos empleos que ha tenido -incluyendo la docencia- siempre descartó ser mesonera, “porque esa caminadera destruye”. Otro costo agregado le alborotó el gen patrio, cuando hace poco juró la nacionalidad estadounidense y se sintió rara. “Tengo una fuerte conexión con Venezuela, nadie me lo ha impuesto. Es algo natural. Mi aporte cotidiano es la necesidad de estar cerca. Planear funciones allá, no desmayar frente a tantos obstáculos”. No descarta volver, pero antes quisiera vivir en Europa, al menos un ratico. Se considera experta en lo que hace. Tanto, que dice convencer hasta a un ciego con su danza. Es auténtico, en Nueva York, en pleno invierno del 2008, mientras unos señores llamados Obama y Clinton copan la atención, del lado de allá de la avenida Madison. Publíquese y regístrese. Temas Relacionados: |
Sin Comentarios |
Escribe y comparte tu opinión en el siguiente formulario.
Puedes dejar tu comentario a continuación: