biólogo, inmunólogo, parasitólogo, rockero, farandulero, ucevista y venezolano
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Entrevista por Marielba Núñez

“La investigación es mi gasolina”

Para el libro de la Duodécimas Edición del Premio Fundación Polar “Lorenzo Mendoza Fleury”

Entre las muchas herramientas que ha desarrollado Félix J. Tapia para transitar con éxito el camino de la investigación científica, una de las más importantes ha sido la capacidad de contrarrestar las frustraciones con una actitud optimista. Allí reside una de las razones por las que este biólogo venezolano ha conseguido situarse en una posición de vanguardia en su área, no sólo en el país, sino en el mundo.

El jefe del laboratorio del laboratorio de biología celular del Instituto de Biomedicina de la Universidad Central de Venezuela y secretario general del capítulo Caracas de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, está acostumbrado a que le manifiesten admiración por su habilidad para cumplir con varias tareas simultáneamente y para comprometerse con acciones en la vida académica y gremial. Acepta que sería muy difícil que pudiera quedarse encerrado en las cuatro paredes de un laboratorio, concentrado únicamente en su trabajo de investigación. “Los científicos no podemos ser simples espectadores, eso lo creo ciento por ciento”.

Aunque deja en claro que la filiación política no se hereda, sin duda sus convicciones y su espíritu participativo tienen que ver con el hecho de venir de una familia militante en la defensa del derecho a de los venezolanos a disfrutar de gobiernos democráticos, algo que marcó la historia del país durante la segunda mitad del pasado siglo. Su madre, Elia Borges de Tapia, cumplió varios roles de importancia dentro del partido Acción Democrática, donde llegó a ser desde ser dirigente juvenil y femenina hasta diputada al Congreso Nacional en varios períodos.

Su padre, Feliciano Tapia, la conoció, precisamente, en actividades políticas, aunque él se dedicó a su profesión de contador y no hizo carrera en esa área. “Mi madre es de la generación de Luis Piñerúa, de Carlos Andrés Pérez. Hubo un grupo de mujeres que se formó alrededor de ella, como Evangelina García Prince y Paulina Gamus”.

Caraqueño, Tapia pasó sus primeros años en La Pastora. Su casa quedaba de Centro a San Cristóbal. “éramos dos hijos, pero mi hermana menor, Nancy Margarita, murió a los nueve años de una meningitis, por lo que yo fui criado prácticamente como único”. Había nacido en 1951, el 24 de septiembre “día de las Mercedes”. Era una época de convulsiones políticas y como sus progenitores eran activistas, supo desde muy pequeño lo que era la lucha en la clandestinidad. “Mi papá tuvo La Guaira por cárcel, no lo dejaban entrar en la ciudad. Y mi madre siempre estuvo en actividades clandestinas. De hecho, la mayor parte del tiempo vivíamos con una tía de mi mamá, que fue quien me crió. En los últimos años de Pérez Jiménez, ninguno de mis papás andaba por la casa. Mi tía abuela, Carmen Martína Echenique, fue quien metió a mi mamá en Acción Democrática”.

Cuando cae el régimen de Marcos Pérez Jiménez, Tapia había cumplido apenas 7 años, por lo que no recuerda mucho de los hechos que ocurrieron entonces, aunque sí rememora un episodio en el que su tía abuela se enfrentó a gritos con algunos efectivos del temido cuerpo de represión conocido como Seguridad Nacional, que pretendían llevárselos a él y a su hermana. Su actitud aguerrida evitó que se llevaran a los niños. “Esa era una vieja fregada”, sonríe.

Por el año 64, los Tapia Borges se cambian a una casa en una urbanización que apenas estaba comenzando a construirse, en la que incluso había calles de tierra. “Cuando nos mudamos a El Cafetal, sólo había un edificio en el bulevar. Allí fue donde pasé mi juventud. Lo llamaban el adecal”. Aunque fue miembro del buró juvenil de AD en El Cafetal, su actividad política disminuyó con el tiempo y últimamente sus preferencias de voto se han inclinado por otros partidos, admite. “Ahora le tengo terror a todas las cosas que me puedan encajonar”.

Enamorado de la biología

Tapia, que hizo la primaria en el Colegio Nuestra Señora del Valle, en La Pastora, cursó su bachillerato en el Instituto Escuela de Prados del Este, fundado por el Profesor Anselmo Alvarado. Era un centro educativo que tenía otras sedes también en La Florida, Caracas, en Punta de Cardón, estado Falcón, y en Bachaqueros, en el Zulia. “Es una institución que me marcó. Primero, por la calidad de los profesores y luego por el tipo de educación que nos daban”.

De sus profesores de la época recuerda con especial cariño a Pedro Lava Sánchez, que fue el padrino de su promoción y que se convirtió con el tiempo en su amigo y mentor y, pasados los años, en el padrino de su hijo mayor. “El fue quien me enamoró de la biología. No sólo a mí, sino a varios de mis compañeros. En ese momento estaba comenzando el apogeo de la biología molecular y él nos introdujo a todas estas nuevas herramientas”. Fue ese mismo entusiasmo que lo llevó a participar en el I Festival Juvenil de la Ciencia, en 1968, con un trabajo sobre las enzimas de las glándulas salivales de los insectos.

Fue también gracias a Lava Sánchez que Tapia empezó a trabajar, tiempo después, en el Instituto Nacional de Dermatología, hoy Instituto de Biomedicina. Sin embargo, su recordado maestro no pudo disfrutar de los éxitos de su pupilo, de quien sin duda estaría orgulloso. “Murió muy joven, en el 89. Tenía solamente 48 años. Cuando estudiábamos en el liceo lo veíamos como un viejo y resulta que lo que tenía eran 24 años”.

Aquella semilla que había sembrado aquel joven profesor en el prospecto de científico echó raíces muy profundas, de manera que, cuando egresó de bachillerato, ya tenía muy claro lo que quería hacer. Sin embargo, se tropezó con un inconveniente. Corría el año de 1969 y la Universidad Central de Venezuela había sido cerrada por el gobierno de Rafael Caldera. Por eso, cuenta, pasó casi un año a la expectativa, y mientras pasaba el tiempo tomaba un curso de inglés. “Yo les había propuesto a mis padres irme a Canadá, pero en principio me dijeron que no. Al cabo de diez meses, como vieron que aquí no iba a pasar nada, decidieron aceptar”.

Viajó entonces hacia Montreal. La razón principal por la que escogió esa ciudad canadiense, comenta, fue que para entonces la educación era allí muy económica. “Era mucho más barata que en Estados Unidos. La matrícula era de 900 dólares al año y la residencia donde yo estaba costaba otros 900 dólares anuales. Mis padres me enviaban 200 dólares al mes, que en esa época era bastante dinero para ellos”. Sin embargo, era poco para mantenerse en el país norteamericano, por lo que Tapia se buscó trabajos que lo ayudaran con los gastos. Uno fue como guardián de la residencia estudiantil donde vivía. “Cuando mi papá fue a la graduación me preguntó que cómo vivía yo allí con 200 dólares”.

La universidad que Tapia seleccionó en principio se llamaba Loyola College, pero cambió su nombre debido a la presión de los movimientos separatistas de Québec, que la obligaron a fusionarse con la universidad Sir George Williams. De la unión nación la Universidad de Concordia, y el biólogo venezolano fue integrante de la primera promoción que se graduó bajó la nueva denominación, en el año 1975. “El año pasado fui a visitarla. Actualmente es una universidad pujante con más de diez mil estudiantes”.

Tapia fue allí fundador y primer presidente de la asociación de estudiantes latinoamericanos. En su época, había 150 alumnos que provenían del sur del continente y la mitad eran venezolanos. Aunque en principio fue duro, rápidamente se adaptó. En la universidad conoció a quien luego fue su esposa, Ana Belén Chacare, otra estudiante venezolana, que cursaba la carrera de idiomas.

En esos años estudiantiles definió lo que sería luego su especialización. “En principio quería hacer microecología de bacterias, de suelos. Pero en un viaje a Venezuela fui al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y me entrevisté con alguien que me dijo que la ecología en el país era de escritorio, que no se iba al campo. Entonces regresé y decidí inclinarme por la biología celular”.

Nuevos caminos

De regreso de Canadá, Tapia comenzó a trabajar como investigador en el Instituto de Biomedicina en 1976. Ese cargo, en el que ha permanecido durante casi treinta años, ha sido, reconoce, el único trabajo formal que ha tenido, aunque en principio en el centro de investigación dependía del Ministerio de Salud y posteriormente obtuvo una posición de la Universidad Central de Venezuela en el mismo Instituto.

Al cabo de tres años de su contratación, sus supervisores deciden que debe continuar con su especialización y entonces lo envían a proseguir su formación en el Centro de ácidos Nucleícos de Italia, una institución que contaba con la presencia de Rita Levy-Montalcini, que recibió el premio Nobel por sus trabajos con la hormona de crecimiento.

Tapia pasó 10 meses en esa institución, aunque no estaba muy satisfecho porque el entrenamiento consistía solamente en observar “y tampoco se trataba de un postgrado propiamente dicho”. Entonces, surge una oportunidad para que prosiga estudios en la Escuela Real de Postgrado Médico de la Universidad de Londres, del Hospital de Hammersmith. Allí tuvo la oportunidad de trabajar con una investigadora reconocida, la judía-argentina Julia Polak “que en ese momento estaba entre las diez personas que más publicaban artículos científicos en el mundo. Además, era la segunda mujer más citada. La reina de Inglaterra le dio el título de Lady, que es el equivalente femenino de Sir”.

Polak, refiere, es una de las pioneras en el cultivo de tejidos para transplantes. Durante sus años de adiestramiento, trabajó con ella en la investigación de tumores neuroendocrinos del páncreas. “Allí aprendí todas las técnicas que uso hoy en día, que son herramientas inmunocitoquímicas”. Uno de sus usos es que permite identificar células con sondas inmunológicas, anticuerpos que pueden ser empleados, por ejemplo, para la identificación y diagnósticos de tumores.

Los esfuerzos dieron frutos y los investigadores lograron ver publicado en Lancet un paper en el que referían su hallazgo de una molécula que permite caracterizar a los tumores neuroendocrinos. “Ese artículo es mi salvador -señala-. Es un clásico, tiene cerca de mil citas”.

En esa etapa, el problema alrededor del que giraban sus preocupaciones era el tema de los marcadores tumorales. “Las moléculas que se expresan en los tumores existen también en condiciones normales. Entre las grandes búsquedas de la biología de los últimos cuarenta a cincuenta años está la de encontrar esos marcadores que puedan indicar cuándo hay un cáncer y cuándo no”.

Pone el ejemplo del cáncer de la piel. “Los melanomas tienen los mismos marcadores de los lunares. El melanocito es la célula de la piel que nos da el pigmento, nos protege contra la radiación solar. Es blindado, como un tanque al que no lo altera casi nada. Por eso el melanoma se considera como el peor entre todos los tipos de cáncer”. Los tumores, para establecerse, necesitan moverse, expandirse, para lo que utilizan ciertas enzimas que se mueve dentro de la matriz celular. “Cuando esas enzimas están muy elevadas, quiere decir que esas células andan buscando cómo moverse, lo que podría ser un indicador de malignidad”. La enzima que ayudó a identificar Tapia fue la Enolasa específica neuronal (NSE). “Otro grupos de investigación consiguieron después que ella también se expresa en condiciones normales, por lo que se están buscando otras alternativas que puedan ser más útiles”.

Secretos de un parásito

En 1983 Tapia obtiene su título de Magister of Philosophy en Inglaterra. De regreso al país, comienza a investigar sobre leishmaniasis, un área en la que se había interesado en años anteriores y que había intentado abordar durante su pasantía en Italia, donde inclusive había conocido al investigador venezolano Félix Pifano, una referencia internacional en el campo. En una alianza con Robert Modlin, investigador de la Universidad de Sourthern California, enfoca la nueva etapa de su trabajo en inmunología de las lesiones causadas por el parásito. “Era un ángulo nuevo, que nadie había trabajado antes por las dificultades que implicaba”.

Aunque la leishmaniasis ha sido tradicionalmente un problema muy preocupante, en las últimas décadas la situación ha empeorado, sentencia, entre otras cosas debido a la expansión del SIDA. “La población en riesgo son 350 millones de personas y se considera que hay entre 12 a 14 millones de infectados en el mundo, especialmente en los trópicos”. En Venezuela, advierte, la infección está presente en todos los estados y causa unos cinco mil casos cada año. Parte del problema, tanto mundial como local, parece radicar en que, con el crecimiento de las zonas urbanas, el ser humano ha ido invadiendo el hábitat del minúsculo mosquito flebótomos, que es el vector que transmite el parásito.

Hoy se sabe con certeza, agrega, que en las enfermedades infecciosas suele haber portadores sanos, “individuos que se infectan y nunca llegan a expresar los síntomas”. El problema que añadió el Virus de Inmunodeficiencia Humana es que en muchos pacientes ocurre una inmunosupresión que desencadena el cuadro. “En Europa la leishmaniasis es la tercera enfermedad oportunista”, apunta Tapia. En el Viejo Mundo, continúa, hay una modalidad de la enfermedad, conocida como botón de oriente, que se considera un poco más benigna.

Los estudios sobre la forma cómo se transmite la enfermedad han demostrado que en la jeringa de los drogadictos también se alojan parásitos. “De la noche a la mañana esto se ha convertido en un problema de salud pública sumamente complejo. Además, la aparición de la resistencia a las drogas más utilizadas, como el glucantime, hace que lo que se avecina pueda ser muy complicado”.

Las investigaciones de Tapia en esta área se han concentrado en el papel de las células dendríticas y de los linfocitos T. “El director de orquesta en lo que ocurre en el organismo cuando se desata la infección es una célula que se conoce como presentadora de antígeno, la célula dendrítica. Ella es la que ve al parásito por primera vez, se lo traga, lo desdobla y toma pedacitos, pequeños péptidos, que, junto con moléculas HLA, del complejo de histocompatibilidad, van a ser reconocidos por los linfocitos T”.

Una vez que esto ocurre, se desata lo que se conoce como proceso de expansión clonal, en el que la célula comienza a generar miles de células hijas idénticas “que son las que nos van a defender de la agresión. Una de las maravillas del sistema de defensa es ése: que a partir de una sola célula se pueden generar muchísimos linfocitos T que van a eliminar al resto de los parásitos”.

La mayoría de los individuos son capaces de generar ese tipo de respuesta, que se conoce como de eliminación citotóxica. Sin embargo, en quienes tienen una condición genética que los hace susceptibles, las células que procesan los antígenos tienen la tendencia a presentar ciertos péptidos que desencadenan el padecimiento.

La leishmaniasis, recuerda, es una enfermedad joven. Es decir, tiene “apenas” unos cincuenta millones de años de convivencia con el ser humano y eso es lo que explica que haya una respuesta inmunológica “excesiva” en algunas personas. “Hasta los años noventa se pensaba que la única célula involucrada en este proceso de respuesta inmunológica contra el parásito era el macrófago, pero hoy sabemos que la célula dendrítica es más importante, porque está en los epitelios. Ella es la primera que ve cualquier cosa que nos invade, sea por vía oral o por la piel. Además es una célula que se mueve”.

La célula dendrítica, prosigue, se traga al agresor en el epitelio, pero viaja a los ganglios para llevarle el mensaje al linfocito T. “En los ganglios ella consigue un microambiente que la favorece y por donde circulan los linfocitos vírgenes que nunca han visto un agente agresor. Una vez que ven a la célula dendrítica se frenan, la reconocen y empieza la expansión clonal”.

Uno de los méritos del grupo de Tapia fue, precisamente, haber sido el primero en reconocer el papel de las células dendríticas en la leishmaniasis. “Esa relación, que se llama sinapsis inmunológica, es la que estamos comenzando a estudiar ahora y queremos investigarla sobre todo en las leishmanias del Nuevo Mundo. En eso andamos Martín Sánchez, mi pupilo mayor, y yo”.

Le interesa, agrega, la forma cutánea de la enfermedad, por lo que trabaja con un modelo de Leishmania mexicana. “Hoy en día lo que está en el tapete es que las leishmanias no son tan homogénas como se creía. Tenemos, por ejemplo, las del Nuevo Mundo y las del Viejo Mundo. Entre las primeras hay de dos tipos, las mexicanas y las brasiliensis, según la clasificación original de Pifano. Las mexicanas son muy parecidas a las que existen en otros continentes”.

La biología molecular ha develado que la leishmaniasis parece ser una enfermedad que se inició en América y de aquí viajó a otras latitudes. “Las leishmanias mexicanas están emparentadas con las del Viejo Mundo, como la major o la aethiopica. Las brasiliensis son las que hacen las formas mucocutáneas, que son las que hacen más daño, que rompen el tabique nasal. Su agresividad indica que tienen mucho menos tiempo con nosotros que otras variedades”.

Otro dato sorprendente es que cuando se habla de leishmaniasis en realidad se están englobando en un solo renglón varias enfermedades distintas. “Aparentemente, desde el punto de vista filogenético los diferentes tipos de leishmanias están separadas. Hablamos de algo que se puede asociar desde el punto de vista clínico porque las lesiones son las mismas, pero una Leishmania guyanensis está tan separada de una mexicana como el Tripanosoma cruzi de una Euglena. Ese es uno de los aspectos que se está empezando a estudiar ahora”.

Una de las implicaciones de esto es que los mecanismos de infección son distintos entre los diferentes tipos de parásitos y también varían las estrategias que usan a nivel molecular para engañar al sistema inmunitario. “Es importante conocer a fondo lo que ocurre, porque unas de las posibilidades para combatir la leishmaniasis sería bloquear ese proceso, para hacer que un individuo genéticamente susceptible a contraer la enfermedad se haga resistente mediante terapia inmunológica. En este aspecto las células dendríticas son muy importantes”. Muchos otros grupos de investigación en el mundo -Tapia calcula que unos veinte- han seguido el camino en el que fueron pioneros en el laboratorio venezolano.

Formar el relevo

Tapia no para de generar ideas y de trabajar en proyectos. La búsqueda de financiamiento, tanto nacional como internacional, para sus planes de investigación, es una tarea importante y agradece al director del Instituto de Biomedicina, Jacinto Convit, haberle enseñado a tomar en cuenta ese aspecto, que le ha permitido continuar con un trabajo de alta calidad incluso en momentos en los que la situación del país ha sido difícil.

Recuerda que, entre otras cosas, han recibido apoyo importante del proyecto Conicit-Banco Interamericano de Desarrollo, de la Iniciativa Científica del Milenio, de la Organización Mundial de la Salud y de la Comunidad Europea. Esa es una garantía, además, de que en su laboratorio cumplen con las pautas no sólo técnicas, sino también éticas, que se exigen en las investigaciones en el área de salud. “Ese soporte nos ha dado posiciones importantes en momentos difíciles”. Eso, afirma, no implica que se compromete la independencia del trabajo científico, pero es necesario que la posición del laboratorio local no sea subordinada. “No puedes limitarte a ser un suplidor de muestras. Las alianzas tienen la ventaja de que te permitirte crecer y mandar estudiantes a que se formen afuera”.

Para Tapia, la formación de un relevo generacional es tan importante como el trabajo investigativo. Da clases de pregrado y postgrado, no sólo en la UCV, sino también en la Universidad Simón Bolívar, en la Universidad del Zulia y en la Universidad de Los Andes. “Soy de los que cree que tienes que dejarle algo al país, que la prioridad es precisamente formar nuevos científicos”.

Ese fue uno de los motivos que lo impulsó a regresar, una vez que terminó su formación en Inglaterra, donde su mentora le ofreció la posibilidad de quedarse. “Pero volví no sólo por el compromiso, sino porque me gusta mi país. Con la suma de mis experiencias en Canadá y en Gran Bretaña, he vivido diez años afuera. Por eso sé que en otra parte siempre sería un individuo prestado”.

Su decisión de volver no significa que no se adaptara a la vida en el extranjero. “Tengo excelentes amigos, me relaciono muy bien con la gente. Sé que puedes comer bien en todas partes, incluso en Inglaterra (bromea). Yo tengo mis amigos venezolanos a donde voy, pero también tengo mis amigos ingleses y amigos canadienses que me han redescubierto por Internet”.

Parece tener la envidiable facilidad de conservar amistades de toda la vida. Así ocurre también sus compañeros de la época del Instituto Escuela, con los que todavía se reúne cada cierto tiempo. La última cita estaba pautada para celebrar su cumpleaños, en la casa donde vive su madre, en El Cafetal. “Después del anuncio del premio me han llegado mensajes de correo electrónico verdaderamente espectaculares. Algunos de mis amigos del liceo me echan broma: ‘Estábamos cansados de esperar que te dieran un reconocimiento’, me dicen”.

Disciplina, cocina y otras aficiones

FJTComulga con la idea de que los investigadores deben producir conocimientos toda la vida. En todo caso, es algo que disfruta. “La investigación me fascina, es mi gasolina”. Trata de enseñarles a sus estudiantes que deben ser constantes en sus esfuerzos por publicar en revistas reconocidas. “Es difícil, porque a la gente no le gusta que la rechacen. Pero es como los gimnastas, si te caes del aro, tienes que montarte inmediatamente para que no le tomes miedo. Es algo que yo aprendí y trato de transmitirlo”.

Uno de los aspectos más importantes de su carrera, apunta, ha sido su participación en la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, donde ha sido secretario general del capítulo Caracas en dos oportunidades. La primera, entre 1995 y 1997 y la segunda, desde 2001. “En este momento la asociación tiene que aclarar sus metas, volver a retomar su rumbo. El rol de la Asovac, desde que la fundó gente como Francisco De Venanzi y Marcel Roche, ha sido político, en el buen sentido de la palabra. Ellos crearon Asovac como un respiro dentro de la dictadura y planificaron desde allí lo que iba a ser el futuro: las facultades del ciencia, el Conicit, la transformación del Ivic”.

Tapia habla con orgullo de sus dos hijos, Felix Rafael, de 27 años, y Carlos Alberto, de 24. No considera frustrante que hayan decidido seguir caminos diferentes al de la investigación científica. “Quizás resienten un poco el tiempo que uno tiene que dedicarle al laboratorio, a donde los llevaba cuando eran chiquitos. Uno de ellos decía: Mi papá trabaja en lo que tenemos por dentro”. Comparte con ambos la afición por la música que, además, se ha convertido en uno de sus auxiliares en el trabajo.

En esa área también ha procurado formarse, y para ello ha cursado diez años de apreciación musical en el Centro Mozarteum, bajo la tutela de Daniel Salas. “Con la música, cuando llegas a cierta edad, se te acaba la soberbia. Simplemente aceptas lo que te gusta, que es como aceptarte a ti mismo”. En ese mosaico de inclinaciones personales figuran desde Bola de Nieve hasta Björk. “Disfruto de la música electroacústica, del rock, de la salsa, de la música celta. Los domingos en la mañana seguro oigo música barroca”.

La cocina es otra de sus aficiones. Empezó a prepararse su propia comida cuando vivía en Montreal y desde entonces se ha hecho cada vez más experto. “Me imagino que aprendí intuitivamente viendo a mi tía abuela. Como todo, uno va luego formalizando lo que aprendió”. Su gusto por guisar se intensificó durante sus años de estancia en Europa y confiesa que sus mejores platos son de comida italiana, como el rissotto con hongos o con espárragos.

Aunque, por su talante alegre, alguien pueda llamarse a engaño con Félix Tapia, lo cierto es que la disciplina ha sido una de las características que ha marcado su vida, especialmente la profesional a la que, incluso, ha sacrificado algunas satisfacciones personales.

No se ve retirado del trabajo científico a corto plazo, pero en el futuro se ve como un científico “más teórico, más reflexivo”. Mantener una actitud optimista ante la vida, confiesa, es uno de los ingredientes de su éxito. Y nos dedica una sonrisa que nos convence de que, definitivamente, ha sido un arma fundamental para lograr sus metas.